En la opinión de Giovanny Carlos
Bien dice el dicho «no hagas cosas buenas que parezcan malas». Y en Baja California Sur hoy el mensaje está dividido en dos rutas opuestas: mientras algunos normalizan la cercanía con perfiles incómodos e históricamente detractores para la 4T, hay quienes apuestan por el trabajo silencioso, disciplinado y sin estridencias.
El nombre que genera ruido es claro: Ernesto Ibarra Montoya. Su aproximación al entorno de la alcaldesa de La Paz, Milena Quiroga, ha despertado una reacción inmediata en la base militante de Morena, aquella que no permitiría el ingreso de un personaje que los atacó en el pasado. No por capricho, sino por memoria. Ibarra fue crítico frontal del movimiento, de sus gobiernos y de sus principios. Sus declaraciones están documentadas, no son rumores ni interpretaciones malintencionadas.
Por eso, para muchos militantes, el problema no es personal. Es político. Morena nació como un proyecto que prometía no reciclar a quienes ayer lo combatían con dureza y hoy buscan cobijo bajo sus siglas. La molestia surge cuando esa promesa empieza a diluirse en nombre del pragmatismo.
En el terreno ciudadano, la lectura es incluso más dura. En redes sociales y conversaciones cotidianas se repite una percepción incómoda: otra vez los “cambios de camiseta”, otra vez los acomodos oportunistas cuando se acercan nuevos ciclos de poder. No hay discusión ideológica profunda, hay hastío. Y ese hastío es peligroso para cualquier movimiento que se diga distinto.
Milena Quiroga, en este escenario, ha optado por una postura ambigua. Su silencio público y su enfoque en la gestión municipal pueden interpretarse como cautela política. Nadie duda de su peso electoral ni de su liderazgo local. Sin embargo, la política no se define solo por lo que se dice, sino también por lo que se tolera. Y esa ambigüedad puede convertirse en un costo si la militancia empieza a sentir que la congruencia es negociable.
El contraste aparece con claridad en la figura de Saúl González. Crece sin escándalo. No por golpes mediáticos, sino por trabajo constante, presencia territorial y disciplina institucional. No genera aplausos exagerados, pero tampoco rechazo. Y en política, eso ya dice mucho.
González Núñez no carga con un historial de confrontación pública contra Morena. Se mueve dentro de las reglas del proyecto, dialoga con sectores productivos y construye sin renegar de su identidad política. Para muchos militantes y ciudadanos, representa algo cada vez más escaso: coherencia entre discurso y trayectoria.
La simultaneidad de ambos escenarios no es casual. Mientras unos prueban hasta dónde estira la liga de la memoria política, otros entienden que el capital más valioso del movimiento sigue siendo la credibilidad. Morena enfrenta una disyuntiva que no es menor: ¿unidad a cualquier costo o unidad con límites claros?
Porque el verdadero riesgo no es integrar a un personaje polémico. El riesgo es enviar el mensaje de que todo se perdona, todo se olvida y todo se acomoda si conviene. Y cuando eso ocurre, el desgaste no es inmediato, pero sí profundo.
En Baja California Sur, la militancia ya habló. Y la ciudadanía observa. Cada foto, cada gesto y cada silencio cuentan. Morena no solo se juega posiciones futuras; se juega algo más frágil y más difícil de recuperar: la confianza.

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